Wanderlust

Rebecca Solnit escribió la primera historia general del caminar. Veinticinco años después, sigue siendo el libro al que todos los demás le deben algo.
Wanderlust

Rebecca Solnit tenía treinta y ocho años cuando publicó Wanderlust, y ya era la clase de escritora que no cabe en una sola categoría: historiadora, ensayista, activista, cronista del paisaje californiano. El libro que entregó en 2000 tampoco cabe en una sola: es la primera historia general del caminar en lengua inglesa, y también un ensayo político, una geografía cultural, una meditación sobre el cuerpo en movimiento y, en sus mejores momentos, literatura.

La pregunta que organiza el libro no es qué es caminar sino qué ha significado caminar en distintos tiempos y para distintos cuerpos. La respuesta, que Solnit despliega con una erudición que nunca se vuelve pedante, es que la historia del caminar es en realidad muchas historias: de la evolución anatómica y el diseño urbano, de las cintas de correr y los laberintos, de los clubes de caminata. Cada época ha caminado de manera diferente, por razones diferentes, y ha excluido a personas diferentes del derecho a hacerlo.

El libro avanza en cuatro movimientos. El primero establece el argumento central: la mente, como los pies, trabaja a unas tres millas por hora. Si eso es así, la vida moderna se mueve más rápido que la velocidad del pensamiento. Del segundo bloque emergen los poetas románticos ingleses —Wordsworth, Coleridge, Hazlitt— que convirtieron el paseo por la montaña en práctica literaria y espiritual, y los montañistas victorianos que lo convirtieron en empresa de clase. El tercero es el más brillante: la ciudad, el flâneur de Baudelaire y Benjamin, y sobre todo la flâneuse, esa figura a quien la ciudad durante décadas no permitió existir. Desde los filósofos peripatéticos de la antigua Grecia hasta las Madres de Plaza de Mayo en Argentina, Solnit examina la interacción entre el cuerpo, la imaginación y el mundo del caminante.

El cuarto movimiento es el más sombrío. Solnit llega a la América suburbana del siglo XX y encuentra que el caminar ha casi desaparecido, reemplazado por el automóvil y, en su versión más irónica, por la cinta de correr: caminar vaciado de mundo, de encuentro, de destino. Las Vegas aparece como caso límite: una ciudad diseñada para que nadie camine, donde el peatón es un anacronismo con piernas.

Las figuras que convoca son tan heterogéneas como su argumento. Desde Wordsworth hasta Gary Snyder, desde la Elizabeth Bennet de Jane Austen hasta la Nadja de André Breton, cada caminante ilumina algo distinto: el género, la clase, la libertad, la resistencia. Pero el capítulo que más resuena, décadas después de su publicación, es el dedicado a las mujeres en el espacio público: la historia silenciosa de quién ha podido caminar sola, a qué hora, por qué calles, sin que ese acto fuera leído como una transgresión.

Wanderlust es una historia del caminar que trata tanto sobre el tiempo, el espacio y la conciencia del mundo como sobre poner un pie delante del otro. Veinticinco años después de su publicación, sigue siendo el libro al que todos los demás libros sobre caminar le deben algo.