Querer a las personas, usar las cosas
Joshua Fields Millburn y Ryan Nicodemus, conocidos como The Minimalists, llevan más de una década repitiendo la misma frase: quiere a las personas, usa las cosas. El orden importa, dicen, porque lo contrario nunca funciona. Es una idea tan simple que parece obvia. Y sin embargo, basta con mirar alrededor para notar que la ecuación está invertida en casi todas partes.
Se cuidan los objetos con una devoción que rara vez se aplica a las relaciones. Se protege el teléfono con una funda de cincuenta euros y se deja una amistad sin responder durante semanas. Se investiga durante horas qué televisor comprar y se improvisa una conversación importante sin dedicarle ni cinco minutos de pensamiento previo. Se acumula ropa que no se usa y se descarta gente que no conviene. La lógica del consumo, que trata los objetos como valiosos y los reemplaza cuando dejan de serlo, se ha filtrado en la forma de tratar a las personas. No de manera cruel ni deliberada. De manera automática, que es peor.
Erich Fromm describió el mecanismo hace medio siglo en ¿Tener o ser?. Su argumento era que la sociedad moderna había producido dos modos de existencia radicalmente distintos. El modo del tener, en el que la identidad se construye a partir de lo que se posee: objetos, logros, contactos, seguidores. Y el modo del ser, en el que la identidad no depende de lo externo sino de la capacidad de estar presente, de relacionarse, de experimentar sin necesidad de acumular. Fromm no era ingenuo: sabía que todo el mundo necesita tener ciertas cosas para vivir. Lo que señalaba era que el tener se había convertido en el modo dominante, el que organiza las relaciones, el trabajo y hasta el ocio. Y que cuando se vive en modo tener, las personas empiezan a funcionar como posesiones: se las valora por lo que aportan, se las descarta cuando dejan de aportar, se las acumula como contactos en una agenda.
Las redes sociales han llevado esto a su expresión más visible. Un seguidor no es una persona: es una unidad de audiencia. Una conexión en LinkedIn no es una relación: es un activo. La palabra "red" —que originalmente describía un tejido de vínculos— se ha convertido en sinónimo de capital social, algo que se tiene, se amplía y se administra. El lenguaje lo dice todo: se habla de construir una red, de monetizar una audiencia, de invertir en relaciones. Son términos financieros aplicados a vínculos humanos. Y cuando el vínculo se piensa como inversión, la otra persona se convierte en instrumento.
Lo que The Minimalists proponen no es una filosofía sofisticada. Es una corrección de prioridades. Los objetos están para servir: se usan, se gastan, se reparan si vale la pena, se sueltan cuando ya no cumplen su función. Las personas no están para servir. Están para ser queridas, que es algo que no tiene función, que no produce rendimiento, que no se puede optimizar. Querer a alguien es exactamente lo contrario de usarlo: es estar dispuesto a dar sin retorno, a escuchar sin agenda, a quedarse cuando no conviene.
La inversión de la ecuación no se produce por maldad. Se produce por entorno. En una cultura donde todo se mide, se optimiza y se rentabiliza, tratar a las personas como medios y a los objetos como fines no es una decisión consciente. Es la dirección en la que el sistema empuja. Resistir esa dirección requiere algo que el mercado no puede vender: la decisión diaria de poner a las personas antes que a las cosas. No como declaración, no como frase en la biografía de Instagram, sino como práctica repetida y silenciosa.
Sin spam ni terceros. Solo contenido.
Comentarios