Saber todo, no poder hacer nada
Se sabe que hay una guerra en Oriente Medio, una crisis migratoria en el Mediterráneo, un glaciar que se derrite en la Antártida, una ley que se aprueba en un país donde no se vive, una empresa que despide a miles de personas en otro continente. Se sabe todo esto antes del desayuno. Se sabe con imágenes, con cifras, con testimonios, con la urgencia de un titular diseñado para que se sienta como algo que requiere respuesta inmediata. Y sin embargo, no se puede hacer absolutamente nada al respecto. Nada. La distancia entre la información que se recibe y la capacidad de actuar sobre ella nunca ha sido tan grande.
Esa distancia tiene un coste que rara vez se contabiliza. El cerebro humano no evolucionó para procesar desgracias lejanas a un ritmo de cien por día. Evolucionó para responder a lo inmediato: la amenaza en el bosque, la cosecha del campo, el conflicto en el grupo. La información que recibía un ser humano durante la mayor parte de la historia era local, limitada y accionable. Si había un problema, se podía hacer algo. Ahora la información es global, infinita e inaccionable. Se reciben problemas del mundo entero sin herramientas para resolverlos. Y el sistema nervioso, que no distingue entre una amenaza real y una pantalla que muestra una amenaza, responde de la única forma que sabe: con alerta. Con ansiedad. Con la sensación permanente de que algo va mal aunque todo alrededor esté bien.
Rolf Dobelli, ensayista suizo, dejó de consumir noticias hace más de una década. En Stop Reading the News explica por qué: las noticias no informan. Desinforman, porque priorizan lo excepcional sobre lo representativo, lo urgente sobre lo importante, lo emocional sobre lo preciso. Y sobre todo, no conducen a la acción. Dobelli calcula que una persona consume aproximadamente treinta mil noticias en un año. De esas treinta mil, la cantidad que le permitió tomar una decisión mejor, actuar de forma distinta o cambiar algo concreto en su vida es, según su estimación, cercana a cero. El resto es ruido disfrazado de relevancia.
Neil Postman anticipó el problema cuarenta años antes, cuando internet no existía. En Divertirse hasta morir argumentó que el peligro de la era de la información no era la censura sino la irrelevancia: no que se ocultara la verdad, sino que se ahogara en un mar de datos que no conducen a ninguna parte. La información sin posibilidad de acción, decía Postman, no es información. Es entretenimiento con apariencia de importancia. Genera la ilusión de estar participando en el mundo cuando en realidad se está sentado frente a una pantalla, absorbiendo el sufrimiento ajeno sin poder aliviarlo.
Los investigadores en psicología han documentado lo que ocurre cuando esa absorción se vuelve crónica. El término es doomscrolling: el consumo compulsivo de malas noticias, a menudo nocturno, que produce un estado de hipervigilancia emocional sin salida. Estudios publicados en Health Communication encontraron que las personas que consumían noticias de forma constante durante la pandemia presentaban niveles significativamente más altos de ansiedad y peor salud mental que quienes limitaban su exposición. No porque fueran más sensibles. Porque estaban sometidas a un flujo continuo de amenazas sobre las que no tenían ningún control.
La propuesta no es la ignorancia. Es la proporción. Informarse lo necesario para entender el mundo. No más. No cada hora, no cada minuto, no con notificaciones que convierten cada acontecimiento en una emergencia personal. Elegir cuándo se lee, cuánto se lee y qué se hace con lo que se lee. Y aceptar, sin culpa, que la mayor parte de lo que ocurre en el mundo no requiere nuestra atención. No porque no importe. Sino porque nuestra atención, que es finita, se merece ser usada donde realmente puede hacer algo.
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