Limpiar los ojos

Sobre el bombardeo de imágenes y la necesidad de recuperar la mirada.
Limpiar los ojos

Se estima que una persona expuesta a entornos urbanos y digitales recibe entre cuatro mil y diez mil imágenes al día. Anuncios, publicaciones, vídeos, banners, stories, pantallas en el metro, carteles en la calle, miniaturas en el teléfono. La mayoría no se procesan conscientemente. Pasan por los ojos sin detenerse en la mente, como ruido visual de fondo. Pero los ojos las reciben todas. Y hay un coste en esa recepción constante que rara vez se contabiliza.

Susan Sontag lo anticipó en Sobre la fotografía, décadas antes de que existieran los smartphones: una sociedad saturada de imágenes termina por no ver ninguna. La abundancia no produce riqueza visual. Produce anestesia. Cada imagen compite con las demás por un fragmento de atención que se reparte cada vez entre más estímulos, y el resultado es una mirada superficial que recorre todo y no se detiene en nada. El ojo se acostumbra a pasar, no a quedarse.

Wim Wenders, que ha dedicado su vida a fabricar imágenes, ha hablado repetidamente de lo que él llama la inflación de las imágenes. Su argumento es que la sobreproducción de imágenes no amplía la experiencia visual: la degrada. Cuando todo se fotografía, todo se filma, todo se convierte en contenido, la imagen pierde peso. Se vuelve descartable. Y con ella se degrada también la capacidad de mirar, porque mirar de verdad —detenerse en algo, dejar que la imagen entre, permitir que modifique algo dentro— requiere un tipo de atención que la abundancia hace innecesario.

Hay una dimensión fisiológica en esto que no conviene ignorar. Los investigadores de la Universidad de British Columbia han documentado que la exposición prolongada a pantallas con contenido visual de alta velocidad —reels, stories, feeds de desplazamiento rápido— produce fatiga en el sistema de atención visual y reduce la capacidad de sostener la mirada en un solo punto. El ojo entrenado para el scroll se mueve con inquietud incluso fuera de la pantalla. Busca el siguiente estímulo, la siguiente imagen, el siguiente fragmento. No porque quiera, sino porque ha sido entrenado para eso.

Limpiar los ojos no es una metáfora. Es una necesidad perceptiva. Significa reducir el volumen de imágenes que se reciben al día. Significa caminar por una calle sin mirar el teléfono y dejar que los ojos se detengan en lo que encuentren: la textura de una fachada, el movimiento de una rama, la forma en que la luz cae sobre una acera mojada. Significa mirar un solo cuadro en un museo en lugar de recorrer veinte salas. Significa apagar la pantalla y quedarse con lo que se ve desde la ventana.

Josef Pieper escribió en El ocio y la vida intelectual que la capacidad de ver depende de la capacidad de estar en silencio interior. No se puede mirar de verdad mientras la mente está en otra parte. Y la mente que ha recibido cuatro mil imágenes desde que se levantó está siempre en otra parte: en la imagen anterior, en la siguiente, en ninguna. Pieper no hablaba de descanso visual sino de algo más profundo: de la disposición contemplativa que permite que lo visto llegue al interior en lugar de rebotar en la superficie.

Hay algo que ocurre cuando se pasa un día entero sin imágenes fabricadas. Sin publicidad, sin redes, sin vídeos, sin pantallas. Los ojos, al principio, no saben dónde posarse. Están acostumbrados a que les digan qué mirar. Pero después de un rato, empiezan a encontrar solos. Y lo que encuentran —una grieta en la pared, la sombra de una persiana, el color exacto del cielo a las siete de la tarde— resulta, por primera vez en mucho tiempo, suficiente.

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