La velocidad mínima
Existe un número que los fisiólogos usan para medir la velocidad natural del paso humano: entre cuatro y cinco kilómetros por hora. Es la velocidad a la que caminaron los primeros Homo sapiens fuera de África, la velocidad a la que Kant recorría Königsberg cada tarde a las cinco, la velocidad a la que Nietzsche subía por los senderos alpinos donde concebía sus ideas más radicales. Es también, según Rebecca Solnit, aproximadamente la velocidad a la que trabaja la mente humana. Si eso es cierto, vivimos desde hace décadas por encima de nuestras posibilidades cognitivas.
La aceleración no es un fenómeno reciente, pero sí es un fenómeno sin precedentes en su intensidad. Los filósofos taoístas, budistas y confucianos ya condenaban los vicios acelerativos: personas corriendo de un lado al otro, perpetuamente ocupadas, persiguiendo metas cada vez más elaboradas. Lo que ha cambiado no es el impulso hacia la velocidad sino su infraestructura: nunca antes habíamos construido un mundo tan explícitamente diseñado para que ir despacio sea difícil. Las ciudades se organizan alrededor del automóvil. Los trabajos se miden en unidades de productividad. Las aplicaciones registran cuántos pasos dimos, a qué ritmo, cuántas calorías quemamos. Incluso el caminar ha sido colonizado por la lógica de la optimización.
En ese contexto, elegir ir despacio no es una preferencia estética. Es una posición clara.
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