La industria de la calma

El mismo sistema que fragmentó la atención ahora te vende herramientas para repararla.
La industria de la calma

La economía global del bienestar mueve más de cuatro billones de dólares al año. Dentro de ese mercado, la meditación, el mindfulness y las aplicaciones de calma son uno de los segmentos de mayor crecimiento. Calm y Headspace tienen decenas de millones de suscriptores. Los retiros de silencio cuestan entre quinientos y cinco mil euros la semana. Las empresas de Silicon Valley ofrecen sesiones de meditación guiada a los mismos empleados a los que les exigen disponibilidad permanente. El negocio de la calma es, en términos estrictamente comerciales, uno de los más rentables del siglo.

La ironía no es sutil. El mismo sistema económico que produjo la fragmentación de la atención, la sobrecarga de estímulos y la ansiedad crónica ha encontrado la forma de vender el remedio. No como corrección del problema, sino como producto adicional. La atención se destruye con el feed y se reconstruye con la app. El ciclo es perfecto: se crea la enfermedad y se vende la cura, y ambas generan ingresos.

Ronald Purser, profesor de gestión empresarial y practicante budista, acuñó el término McMindfulness para describir lo que ocurre cuando una práctica contemplativa de dos mil quinientos años se separa de su contexto ético, se empaqueta en sesiones de diez minutos y se vende como herramienta de productividad. En su libro del mismo nombre argumenta que el mindfulness corporativo no busca transformar nada. Busca hacer más tolerable lo intolerable. Reducir el estrés lo justo para que el empleado siga rindiendo. Calmar la ansiedad lo suficiente para que no se convierta en baja laboral. No se cuestiona el sistema que produce el malestar. Se gestiona el malestar para que el sistema siga funcionando.

La operación es más amplia que el mindfulness. Se extiende a toda la industria del autocuidado. Las velas aromáticas, los diarios de gratitud, los retiros de desconexión digital, los batidos adaptogénicos, las mantas con peso, los suplementos de magnesio. Cada uno de estos productos promete resolver algo que, en la mayoría de los casos, es el síntoma de un problema estructural: demasiado trabajo, demasiado estímulo, demasiada demanda sobre el tiempo y la atención. Pero el problema no se nombra. Se gestiona individualmente, como si la solución estuviera en consumir mejor en lugar de consumir menos.

Mark Fisher lo formuló con precisión en Realismo capitalista: la capacidad del capitalismo para absorber cualquier forma de resistencia y convertirla en producto. La contracultura se convierte en estética publicitaria. La protesta se convierte en camiseta. Y la calma —la calma genuina, la que viene de no hacer nada, de no necesitar nada, de no comprar nada— se convierte en una suscripción mensual de doce euros con notificaciones que te recuerdan que es hora de meditar.

Hay algo profundamente distorsionado en necesitar una aplicación para aprender a quedarse quieto. La quietud no requiere tecnología. No requiere guía, ni sonido ambiente, ni una voz susurrante que cuente las respiraciones. Requiere, si acaso, lo contrario: quitar cosas. Apagar el teléfono. Sentarse. No hacer nada durante un rato sin que nadie lo monetice.

Pero esa versión de la calma no genera ingresos. No se puede escalar. No tiene modelo de suscripción ni embudo de conversión ni métricas de engagement. Es gratuita, accesible y completamente incompatible con la lógica del mercado. Quizás por eso ha hecho falta inventar otra versión — una que se pueda empaquetar, vender y medir — para que la calma sea aceptable en una economía que no tolera nada que no produzca valor cuantificable.

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