El coste invisible de las cosas
Un ejemplo. Se compra un coche por veinte mil euros. El coste visible es ese: veinte mil euros, quizás en cuotas que lo hacen parecer más llevadero. El coste invisible empieza al día siguiente. Seguro, impuesto de circulación, revisiones, cambios de aceite, neumáticos, la ITV. Hay que buscarle aparcamiento cada noche, lo cual significa dar vueltas, pagar garaje o asumir multas. Hay que lavarlo, aspirarlo, llevarlo al taller cuando hace un ruido que antes no hacía. Hay que decidir si se repara o se cambia cuando algo falla. Si se raya, produce una molestia desproporcionada al tamaño del arañazo. Y cuando llegue el momento de venderlo, habrá que limpiar, fotografiar, publicar, negociar, gestionar papeles. El coche se compró en una tarde. Se gestiona durante años. Ninguno de esos costes aparecía en el anuncio del concesionario.
Multiplíquese esto por cada objeto de la casa y el resultado es una carga administrativa silenciosa que nadie ha contratado pero que todo el mundo gestiona. Fumio Sasaki, autor de Goodbye, Things, lo descubrió cuando vivía en un apartamento de Tokio repleto de libros, discos, ropa y objetos que había ido acumulando durante años. No le faltaba espacio por culpa del tamaño del apartamento. Le faltaba espacio por culpa de la cantidad de cosas. Cuando empezó a desprenderse de ellas —primero lo obvio, luego lo difícil— descubrió que lo que se iba no eran solo objetos. Era peso mental. Cada cosa eliminada era una decisión menos que tomar, un mantenimiento menos que hacer, un estímulo visual menos compitiendo por su atención. Al final del proceso, Sasaki no tenía un apartamento vacío. Tenía un apartamento donde podía pensar.
La economía tiene un concepto para esto: coste total de propiedad. Se usa en empresas para calcular lo que un activo realmente cuesta a lo largo de su vida útil: no solo el precio de compra, sino el mantenimiento, el almacenamiento, la depreciación, la eventual eliminación. Nadie aplica este cálculo a una sartén o a un par de zapatos. Pero el principio es exactamente el mismo. Todo lo que se posee exige algo a cambio de ser poseído. Espacio en la casa. Tiempo de mantenimiento. Energía de decisión. Atención, aunque sea mínima.
Seneca lo entendió hace dos mil años sin necesidad de un máster en administración de empresas. En sus cartas a Lucilio escribió que no es que la vida sea corta, sino que la desperdiciamos en grandes cantidades. Y una de las formas de desperdicio que identificaba era, precisamente, la acumulación de posesiones que exigen más de lo que dan. Seneca no era un asceta. Tenía fortuna y la usaba. Pero distinguía entre poseer cosas y ser poseído por ellas. La diferencia, decía, es que lo primero es una decisión y lo segundo una servidumbre.
La cultura del consumo ha hecho invisible esta servidumbre. Comprar es fácil, inmediato y placentero. El coste posterior —guardar, mantener, organizar, decidir, eventualmente desechar— se reparte en fragmentos tan pequeños que nunca se percibe como coste. Es tres minutos aquí, una decisión allá, un cajón que no cierra, una tarde reorganizando el trastero. Individualmente, nada. Acumulativamente, horas, días, semanas de una vida dedicadas a gestionar cosas que se compraron en treinta segundos.
La próxima vez que algo parezca una buena compra, quizás merezca la pena calcular lo que realmente va a costar. No en dinero. En espacio, en tiempo, en la energía finita de un cerebro que ya tiene demasiadas cosas que administrar.
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