Desear lo que otros desean

A lo mejor exista una posibilidad incómoda de que la mayoría de lo que queremos no sea nuestro.

Hay una pregunta que casi nadie se hace antes de comprar algo, de cambiar de trabajo, de mudarse, de querer lo que quiere: ¿de dónde viene este deseo? Se asume que los deseos son propios porque se sienten como propios. Aparecen dentro de la cabeza, empujan desde ahí, se experimentan como algo íntimo y personal. Pero si se los rastrea con honestidad, casi siempre hay un origen exterior. Alguien que tiene lo que uno quiere. Alguien que mostró algo que antes no se deseaba y que ahora parece imprescindible. Un modelo que no se eligió pero que se copió.

René Girard, filósofo y antropólogo franco-estadounidense, dedicó su obra entera a esta idea. La llamó deseo mimético: los seres humanos no desean objetos ni experiencias por su valor intrínseco. Los desean porque alguien más los desea. El deseo no nace dentro. Se contagia. Se copia de un modelo —un amigo, un vecino, un desconocido en una pantalla— y se instala como si siempre hubiera estado ahí. Girard descubrió el patrón leyendo novelas: Don Quijote desea lo que los libros de caballerías le dicen que desee. Emma Bovary desea lo que las novelas románticas le dicen que desee. Los personajes creen que sus deseos son propios. El lector ve que no lo son. La ironía, decía Girard, es que en la vida real ocurre exactamente lo mismo, solo que no hay lector externo que lo señale.

Luke Burgis tomó esa teoría y la aplicó al presente en Wanting. Su argumento es directo: la mayor parte de las decisiones que se perciben como libres —qué carrera seguir, qué estilo de vida construir, qué poseer— están moldeadas por modelos miméticos que operan fuera de la conciencia. Burgis distingue entre dos tipos de modelos. Los lejanos —celebridades, figuras públicas— generan admiración pero rara vez conflicto, porque la distancia impide la competencia directa. Los cercanos —el compañero de trabajo, el amigo que acaba de comprar una casa, el conocido que publica sus logros— son los peligrosos. Porque están lo bastante cerca como para que la comparación sea inevitable y lo bastante parecidos como para que su deseo se sienta alcanzable. Es ahí donde el mecanismo mimético hace más daño: no en lo que se ve en una revista, sino en lo que se ve en el feed de alguien que se parece a uno.

Las redes sociales han convertido este mecanismo en la arquitectura básica de la vida cotidiana. Antes del smartphone, los modelos miméticos eran pocos y locales: la familia, el barrio, el círculo de trabajo. Ahora son ilimitados y permanentes. Cada vez que se abre una aplicación, se accede a un catálogo infinito de vidas ajenas, cada una exhibiendo algo que podría desearse. No hace falta envidiar conscientemente. El mecanismo es más sutil: se ve, se registra, se compara, y algo cambia en la jerarquía interna de lo que se quiere. Un viaje que no se había considerado empieza a parecer necesario. Un objeto que no se conocía empieza a parecer deseable. Una forma de vivir que no se había imaginado empieza a parecer la correcta.

El riesgo no es solo gastar dinero en cosas que no se necesitan. Es más profundo: construir una vida entera sobre deseos que no son propios. Perseguir objetivos que pertenecen a otros. Llegar a algún sitio y descubrir que no era ahí donde se quería estar, sino donde alguien más quería estar. Girard advertía que el deseo mimético no se detiene con la satisfacción. Cuando se consigue lo que el modelo tenía, el deseo se desplaza al siguiente modelo, al siguiente objeto, al siguiente vacío que llenar. No hay llegada. Solo persecución.

Distinguir un deseo propio de uno copiado es probablemente una de las tareas más difíciles que existen. No hay un método limpio para hacerlo. Pero hay una primera condición: reducir la exposición a los modelos. Ver menos. Comparar menos. Dejar espacio para que lo que realmente se quiere tenga tiempo de aparecer sin competencia.

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