Perfect Days, o el arte de tener lo suficiente
Hirayama se despierta antes del amanecer, cuando un vecino empieza a barrer la calle. Dobla el futón, riega sus plantas, se lava la cara y sale. En la máquina de la esquina compra un café en lata. Sube a su furgoneta, elige un casete y maneja hacia su trabajo: limpiar baños públicos en Tokio.
Así empieza Perfect Days, la película de Wim Wenders de 2023, y así empiezan casi todos sus días. Hirayama, interpretado por Koji Yakusho, vive en un departamento pequeño, con muy pocas cosas: un futón, una pila de libros usados, sus casetes, una cámara de rollo y unas plantas que cuida con paciencia. No tiene televisión. No parece necesitarla.
Lo que sorprende de la película es que nada de eso se presenta como una carencia. Hirayama no vive con poco porque no puede tener más. Vive con poco porque lo que tiene le alcanza. Cada objeto cumple una función y tiene un lugar. No hay nada de más.
Esa es una de las ideas centrales del minimalismo, y una de las más difíciles de practicar: saber qué es suficiente. Vivimos rodeados de mensajes que nos dicen que siempre falta algo, que la próxima compra va a resolver lo que la anterior no resolvió. Hirayama parece haber salido de esa lógica. No busca más. Disfruta lo que ya tiene.
Y como no hay exceso, queda espacio para otra cosa: la atención. En su descanso del mediodía, Hirayama se sienta bajo los árboles y fotografía la luz que se filtra entre las hojas, lo que en japonés se llama komorebi. Cada día la luz es distinta. Cada día la mira como si fuera la primera vez.
Su rutina también podría parecer monótona: el mismo trabajo, el mismo café, el mismo baño público al final de la tarde, el mismo libro antes de dormir. Pero la película muestra lo contrario. Como no tiene que decidir entre mil opciones, puede prestar atención a los detalles. Una conversación breve, una canción, un cambio en el cielo. La repetición no le quita nada. Le da profundidad.
The Minimalists suelen decir que las mejores cosas de la vida no son cosas. Perfect Days lo muestra sin decirlo. La felicidad de Hirayama no está en lo que posee, sino en cómo vive: con calma, con cuidado, con tiempo para mirar.
No hace falta mudarse a Tokio ni deshacerse de todo para aprender algo de él. Alcanza con hacerse su pregunta implícita, todos los días: ¿qué necesito realmente para estar bien? La respuesta, casi siempre, es menos de lo que creemos.
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